Aún podía recordar cuando aquella odiosa melodía había sido el himno de su alegría; lo que no tenía tan claro era cuándo se había convertido en la voz de la soledad, en el tic tac atronador del reloj que marcaba las horas de su solitaria vida.
A veces creía oírla cuando salía a la compra, cuando quedaba con sus amigas para tomar el café en el bar de la esquina. Podía oírla incluso en la peluquería, mientras tenía la cabeza metida en el secador que no la dejaba oír ni sus propios pensamientos Pero podía oír la dichosa máquina.
¿Cuándo había perdido contra ella? Ni idea. Lo que tenía muy claro era que aquello no iba a continuar así. Estaba decidida, pero esta vez de verdad. Muchas veces había pasado por su cabeza abrir aquella puerta, avanzar lentamente hacia la mesa, sin prisa pero sin pausa. Se imaginaba a si misma con una inmensa sonrisa en los labios, ávidos de los besos que él ya no le daba. Siempre había que escribir. Siempre había ideas que plasmar en un papel. Siempre. Cada día, cada mañana, al abrir los ojos y girarse en la cama, la encontraba vacía; a veces ni deshecho encontraba su lado de la cama. Sólo el ruido de la máquina. ¡ Pero aquello se iba a acabar! Aquella noche iba a estar atenta y, nada más él abandonara la máquina para ir a comprar tabaco, ella iba a llevar a cabo su venganza.
Con estos pensamientos volvía a su casa una soleada tarde de primavera. Cuando llegó, sólo encontró silencio. Él había salido. Le resultó extraño porque nunca salía hasta que era de noche, después de una cena ligera y de escasa conversación. Siempre pensativo, siempre encerrado en su mundo.
Ella había cambiado tres veces de color de cabello en menos de dos meses, hacía poco que se había cortado su larguísima melena y él ni lo había notado. Ya no importaba. Aquella noche, cuando él regresara, sabía que iban a tener una larga conversación. Gritos, trapos sucios a la cara.
No quiso esperar ni un segundo. Con la determinación marcada en su rostro se dirigió al estudio. No titubeó ni un instante al abrir la puerta y con total decisión avanzó hacia la mesa, donde se encontró frente a frente con su enemigo. Lo hizo tal y como tantas veces había imaginado: lentamente pero con seguridad, y con una sonrisa en los labios. Cogió la máquina, la metió en la funda (no podía quedar ni rastro de aquel monstruo) y salió del estudio y después de la casa. La llevó al vertedero de coches y pagó para que la convirtieran en un minúsculo amasijo de hierros. Ya estaba. Todo había acabado.
De vuelta a casa, en el taxi, imaginó una y otra vez la discusión y la posterior reconciliación. Tuvo momentos de pánico en lo que pensó que él le pediría el divorcio, pero no desesperó: el corazón le decía que él todavía la quería, a pesar de estos últimos años en los que había estado tan distante, pegado a la máquina de escribir.
El taxi la dejó justo en frente del portal. Abrió la puerta, subió en el ascensor y cruzó el pasillo. El corazón comenzó a latirle con fuerza al ver que había luz en casa. Él ya había llegado.
Ella esperaba que él estuviera en el salón, aguardando con una dura expresión en el rostro a que ella llegara y le diera una explicación. Sin embargo, él estaba en el estudio. No pudo resistir ni un momento y fue directa a encontrarse con él.
"¡Hola cielo!", la saludó él. Estaba de un humor estupendo. "Acabo de llegar hace un rato. ¿Qué te parece?". Ella pensó que iba a darle un ataque al corazón allí miso: ¡Se había comprado un ordenador!








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Ali
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